Esa vieja amistad (Segunda Parte), by Ludwig
Le sorprendió ver que no había timbre, solo una vieja campana de escuela, que no se animó a tocar.
Miró a través de los amplios ventanales a ver si podía distinguir a alguien en el interior. Recorrió la galería de madera hasta la parte de atrás de la casa. Y finalmente alli en el invernadero es donde la encontró, exactamente como se la había imaginado.Los años no parecían haber pasado para ella. Vestía un delantal claro y unos jeans y tenía las manos en la tierra, mientras transplantaba algún pequeño árbol exótico a una maceta más grande.
Levantó la mirada y sus ojos denotaron alegría al verlo. No había nada que no pudiera leerse en esos ojos transparentes.
Lo saludó con una sonrisa mientras limpiaba sus manos con un trapo para poder darle un fuerte y largo abrazo.
Agradeció los regalos, riendo mientras aclaraba que aquello era un Hibiscus que sería muy grande en menos de un año. Se dispusieron a entrar a la casa para poder tomar algo y conversar. Había tanto para contar! 10 años de historias.
Se alegró al entrar en la casa, sabia que aquello era el bello sueño de ella hecho realidad. Rústica de paredes blancas, aquella casa tenía algo especial en cada uno de sus rincones. Estaba llena de recuerdos. Se acomodaron en el sillón mullido. Todo era acogedor, uno podría quedarse aquí para siempre, pensó.
El fuego crepitaba en el hogar. El piso era alisado y cada tanto había algún recuerdo atrapado. Una piedra, un cerámico, una artesanía, un pisa papel de antaño, y también cosas extrañas como un engranaje, un reloj, un caracol de mar... un mundo de recuerdos que dejaban ver su parte superior, encerados formando parte del piso.
Dos escalones de madera y se veía desde alli la cocina, integrada completamente con el living, que demostraba que aquella casa había estado llena de chicos alguna vez y conservaba su alegría.
Por las enormes ventanas se veían montecitos de bosque acá y allá y un estanque.
Ella contó sobre sus hijos y el sobre los suyos. Estaban tan felices de verse. Ella contaba de sus viajes y el de sus puertos. Ella mencionaba sus enseñanzas a los chicos del pueblo y el sobre su nueva embarcación. Ella mencionaba con orgullo los logros de sus hijos y el contaba como el más pequeño todavía vivía con el en la casa junto al río. Que los demás ya había crecido y se habían dispersado por el mundo. Y ella se apasionaba describiendo sus logros de huerta y el cómo disfrutaba de su muelle.
El sillón era cada vez más cómodo y el vino sabía cada vez mejor, si es que esto era posible. En un momento atendiendo al reloj que perezoso colgaba de la pared, ella se levantó como con resortes, y pidió que la acompañara arriba un segundo. La escalera parecía haber sido construida con sus propias manos, era una artesanía en si misma, cada escalón con su estilo y tamaño, todos blancos, giraba casi 180 grados hasta llegar al entrepiso de madera.
Allí había un verdadero refugio de arte. Pinturas, artesanías y objetos de la naturaleza mezclados frente a un ventanal inmenso que es ese justo instante mostraba un ocaso anaranjado en el campo abierto. Unos colores brillantes que el recordaba haber visto solo en alguno de sus viajes más felices.
"Todos los días detengo mi mente aquí para ver el atardecer, es mágico". Quedaron en silencio observando esos minutos en los que el sol y a tierra parecen unirse. La luz teñía de naranja todo el ambiente llenándolo de calidez. El se acercó y la besó. Una silueta de amor se formó en la pared detrás de ellos.
Salieron de la mano a la galería y contemplaron el primero de muchos atardeceres finalmente juntos.
Comentarios
Publicar un comentario